A mí también me han mirado con sorna cuando he dicho que me gustaba el fútbol.

Y han dado por hecho que sé menos de este deporte (y de cualquiera) por tener unos genitales diferentes.

Recuerdo un día en el avión, estaba sentada leyendo el Marca (las páginas del Atleti, como siempre) cuando un compañero, divertido, me dijo ¨¿Qué, fichando futbolistas para salir luego de fiesta y ligártelos?¨, a lo cual contesté con la mayor indiferencia de que fui capaz ¨No. Me gusta el fútbol”.

Le conté esta anécdota a Olga Viza cuando se ofreció a amadrinar ese maravilloso proyecto, ya realidad,  llamado El Vestuario, y movió la cabeza con una media sonrisa entre la hartura y la resignación. Ella mejor que nadie sabía de qué le hablaba, aunque, como tantas otras, haya hecho de todo menos resignarse.

También El Vestuario nació de esa rebeldía. Quinces mujeres, periodistas casi todas, muchas con trabajos diferentes a los que reza su titulación universitaria, unidas por su pasión al fútbol, por las ganas de hacerse un hueco en un mundo tan complicado como el periodismo deportivo y por la convicción de que se podía contar el fútbol de otra manera.

Tres años después la mayoría no están, y las que permanecemos no encontramos el tiempo, la inspiración o las ganas. A mí también me cuesta encontrar el momento para escribir entre vuelos, cocina, compra y pañales. A mí también me frustra que las ideas se me queden en la cabeza, no pasen al papel y se diluyan.

Pero también me da rabia y pena que un sueño como esta web muera cuando la solución es tan fácil como tener algo que contar y empezar a teclear.

Hoy es el ¨Día de la Mujer¨y me parece triste que tenga que haberlo, porque significa que nos queda mucho camino por recorrer. Pero ese camino empieza por mujeres como las que han pasado por nuestras páginas. Mujeres como Olga Viza, Vero Boquete, Aintzane Encinas, Ana Rosell, Ainara Manterola, Idoia Agirre, y tantas otras que no se resignan a quedarse fuera de un mundo que les gusta sólo porque de pequeñitas les dijeron que era de hombres.

Y yo, que nunca me he considerado feminista, que no tenía ni claro lo que era, que no me gustaba que me usasen como arma política, que no compartía las críticas hacia unas religiones por machistas pero no a otras que también lo son; que no pensaba, ni pienso, que haya que ir por el mundo enseñando las tetas para hacerse oír, para hacerse respetar, me veo entonando el ¨a mí también¨.

Porque a mí también me han dicho cosas como ¨vaya piernas, ¿a qué hora las abres?¨ y he agachado la cabeza, roja hasta las orejas de vergüenza y de incredulidad. Porque yo también he vuelto andando a casa sola, con la calle desierta y el móvil en la mano listo para llamar por si me atacaban o algo. Porque yo también me había puesto un vestido corto para ir a una fiesta y al acordarme de que iba en metro me lo he cambiado por un pantalón. Porque si mis amigos han estado con todas las chicas que les ha dado la gana son unos machotes y si yo he hecho lo propio soy una golfa. Porque mi padre, al que adoro y me adora, me ha dicho que esa falda era muy corta. Porque he oído cantar ¨Pistorius Ale no fue tu culpa era una puta hiciste bien¨. Porque Ecclestone dijo que las mujeres deberían vestir siempre de blanco como el resto de electrodomésticos y a la gente le pareció gracioso. Porque cinco tíos violan a una chica y la culpa es de ella por meterse en el portal.

Quiero que mi hija lea esto algún día y sonría con incredulidad.

A mí también me ha llegado el momento de levantar la cabeza y la voz.

 

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