“Prefería la paz más injusta a la más justa de las guerras”, Cicerón. 

Inicio de la Primera Guerra Mundial. Gran Bretaña se preparaba para la lucha y sus órdenes de reclutamiento eran claras: todo varón con edad comprendida entre los 19 y los 30 años era apto para defender a la patria. No pasó mucho tiempo antes de que ampliaran aquella franja a los 35 años. Serían demasiados los que no regresarían nunca. En aquella guerra fallecieron más de nueve millones de personas. Más de seis millones regresaron heridos. Ocho millones de niños quedaron huérfanos. Cuatro millones de mujeres, viudas. Los futbolistas, que en este país ya eran profesionales en su mayoría, fueron excluidos de tener que prestar sus servicios. Aquello indignó al pueblo. La gente ya estaba muriendo bajo el fuego enemigo.

En 1914, para los ingleses el fútbol era lo más importante del país. El deporte rey se colocaba por encima del criquet o el rugby, cuyos efectivos sí acudieron a la llamada a filas. Se abrió un debate nacional con la exclusión de los jugadores. Muchos intelectuales, políticos e incluso miembros de la Iglesia, abogaban porque debía suspenderse la competición y que todos los hombres que pudieran acudir al frente debían hacerlo. Sin contemplaciones. Sin embargo, los contratos que habían firmado los futbolistas, les hacían contraer una obligación legal para con su club, por lo que solo con su autorización expresa podían ser reclutados. Aquel año, en el que el resto de países suspendió la competición, en Gran Bretaña ganó la liga el Everton de Liverpool. Los que tomaron aquella decisión argumentaban que simplemente querían dar algo a los ingleses con lo que distraerse. Mantener la normalidad frente a la guerra. Pero aquella jugada no salió bien. La población no entendía porque esos hombres podían quedarse en casa mientras sus hijos morían en el campo de batalla y, finalmente, un sentimiento de odio empezó a llenar sus corazones.

A lo más que se atrevieron desde la Asociación de Fútbol fue a liberar de su relación contractual a aquellos futbolistas que no estuvieran casados. Los elegidos debían, además de combatir, ser reclutadores entre los más jóvenes. Les obligaron a hacer propaganda a lo largo del país para animar al resto a unirse al ejército inglés. Sería el político Williams Joynson-Hicks el encargado de aunar a los jugadores amateurs creando el que sería conocido como “El Batallón del Fútbol“, el 17º Batallón de Middlesex, que en sus comienzos contaría con unos 600 efectivos. Más adelante se unieron al Batallón futbolistas profesionales.

Desde el norte del país, los escoceses que componían el Hearts of Midlothian, decidieron de forma unánime y voluntaria que debían unirse al Batallón. Fueron muchos los nombres que pasaron a la historia del fútbol inglés en aquella época. Sin duda Paddy Crossan fue uno de los más destacados del grupo escocés. Recibió tanta metralla que a punto estuvo de perder la pierna pero, cuando el médico le sugirió amputarla, él le recordó que era futbolista y que no podía perderla porque era su medio de vida. Consiguieron salvar su miembro y, aunque regresó herido, el defensa pudo continuar jugando al fútbol. Algunos años más tarde se encargó de organizar partidos benéficos con el apoyo de su equipo. Crossan falleció años más tarde debido a problemas pulmonares.

Otro futbolista, Williams Angus, también pasaría a formar parte de la historia británica. El jugador se jugó su propia vida para salvar a un amigo de la infancia que había caído en territorio entre trincheras. Se trata de una zona donde las balas no dejan de cruzarse, tierra de nadie, en la que adentrarse puede suponer fácilmente la muerte. Aquello no evitó que Williams tomase la determinación de atarse una cuerda a la cintura y lanzarse a por su amigo, que yacía herido en aquel lugar. En esta acción perdería un ojo y parte de las piernas, pero consiguió su objetivo. Le entregaron la Cruz de la Victoria por aquel gesto.

“No es un partido sencillo contra un rival de segunda fila. Es el partido de los partidos, contra uno de los mejores equipos del mundo”, F.W. Parker.

En una de las batallas más famosas de la I Guerra Mundial, la Batalla de Somme (Francia), que terminó en noviembre de 1916, fallecieron 500 hombres de los 600 enviados por el Batallón del Fútbol. Fue una de las más sangrientas, más de un millón de hombres de ambos bandos pereció en aquel terreno. Cuando finalizó la Guerra, en 1918, más de 1500 hombres del Football Batalions habían perdido la vida. De los que consiguieron regresar a salvo, pocos pudieron continuar con normalidad, ya que las lesiones sufridas les impedían seguir jugando al fútbol.

 

Sobre El Autor

Laura Tirado

"Conseguir nuestro sueño pasa por ser valientes." Jürgen Klopp.

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