“No sé a dónde voy pero voy mamá, vamos a hacer la maleta”, dijo aquel 25 de noviembre de 1997 un tal Iker Casillas cuando, a la edad de 16 años, le sacaron del Instituto Cañaveral de Móstoles para viajar a Noruega a jugar por la Liga de Campeones con el primer equipo de Real Madrid.

Iker Casillas, canterano de Real MadridDe aquella maleta a esta que hará con destino Porto, han pasado 18 años y un sinfín de historias dignas del mejor de los guiones cinematográficos. 18 años que son parte de los 25 transcurridos desde aquella prueba que le abrió las puertas de un club en el que siempre supo que iba a jugar. En el que estaba predestinado a triunfar, como lo hizo. En el que muchos han querido borrar con el codo, en las últimas temporadas, letras escritas con tinta de oro en la más rica historia de España y de Real Madrid.

Iker Casillas no hace bien en marcharse de Real Madrid. Hace muy bien. Su salida ha sido la mejor de las decisiones, porque Iker Casillas es demasiado grande para ser tratado como un simple empleado al que insultar y destratar como si nunca hubiese hecho nada por los socios del club.

Pero no por estar de acuerdo, se hace más pequeña mi congoja. Hace cinco años, al ver salir entre lágrimas a Raúl González Blanco del Santiago Bernabéu, deseé que esa fuera la última vez que una leyenda blanca salía del Templo por la puerta de atrás, para ir a dar lo mejor de sí a otras tierras. Esa vez, como esta, agradecí a la vida estar al otro lado del Océano, para no ver tal despropósito en vivo y en directo.

Hoy deja Real Madrid el Casillas de la octava, de la novena, y Iker Casillas y Zinedine Zidanede la tan ansiada Décima. El Casillas de cinco Ligas, dos Copa del Rey (las primeras después de 18 años de ausencia, por cierto)… el Casillas de dos Supercopas de Europa, de la Intercontinental de 2002 y del Mundial de Clubes de 2014.

Se va el Iker Casillas humilde, quizás demasiado… El tantas veces llamado Santo (cosa que odiaba, en su humildad)… preocupado por satisfacer siempre a los cientos, miles, millones… que desde dentro y fuera de España, le arroparon durante más de dos décadas. Quizás ese fue su error… dar demasiado de sí. Le faltó olvidarse de tener vida, entregarla, morir en el campo. Eligió no ser un mártir, caer siete veces y levantarse ocho.

Pudo sacar rédito de sus títulos, hablar como hicieron otros y hasta llorar. Sin embargo, con su humildad de siempre, Iker Casillas hizo ese glorioso e inigualable palmarés a un lado y le puso el pecho a las balas que más duelen… las que bajan de la grada…las de todos esos fanáticos que, poseedores de un gran privilegio que millones por el mundo desearían tener, piensan que son más que nadie porque entran al Templo, invocan a dios y chillan como nadie aunque no ven, en la mayoría de los casos, ni un minuto de la misa.

Con su humildad de siempre, Iker Casillas se va de Real Madrid dejando otra de tantas enseñanzas… A veces es mejor hacerte a un lado… despedirte sin que sepan que lo estás haciendo, como hizo en aquel, su último partido ante Getafe, y recibir el cariño de los que realmente están, a entregar lo que queda de tu pellejo a los buitres, para que lo destrocen.

Hoy no envidio a quienes estarán en su “despedida” en el Bernabéu. Sí envidio a los aficionados de la Juventus, que a pesar de los años, de los errores y de los cambios físicos, respetan a su capitán, capitán de Italia… al Gianluiggi Buffón que tanto tiene en común con Iker Casillas.

Hoy prefiero, como en 2010 cuando partió Raúl, o este mismo año con Xavi en el Barcelona, decir un “hasta luego” a un campeón que lo dio todo por Real Madrid y que volverá a casa.

Hoy prefiero decir un “hasta luego” a quien pudo elegir marcharse por la puerta grande, tras subir a tan ansiada Décima a la Cibeles…

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después de haber superado todos los escollos que la vida le había puesto en el camino la temporada anterior, y que, sin embargo, eligió el camino más difícil… el de seguir luchando por el club que lleva en su corazón.

Hoy prefiero decir un “hasta luego” a quien cometió el más grande de los pecados… intentar ser profeta en su tierra. Eso no se paga caro, sino muy caro… ¡Sino pregunten a Lionel Messi!.

Hoy prefiero recordar sus paradas, sus títulos y sus enseñanzas… Hoy prefiero tener memoria…

El portero siempre tiene la culpa… los demás jugadores pueden equivocarse una vez o muchas veces, pero se redimen mediante una finta espectacular, un pase magistral, un disparo certero; él no. La multitud no perdona al arquero…con una sola pifia, el guadameta arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo perseguirá la maldición”.

Eduardo Galeano

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