El alma de la Selección Brasileña, Neymar, se perderá los próximos dos partidos de la Copa América, por un cúmulo de situaciones causadas por la dependencia que el seleccionado de Dunga tiene sobre su fútbol.

Cuando Cris de León habla de que ‘Dios es Argentino’, no puedo estar más de acuerdo. Bueno, en parte… específicamente, en lo que significa Lionel Messi para su selección, más allá de ganar títulos.

Sin embargo, hoy mismo tengo la convicción de que Neymar es a Brasil, bastante más de lo que Messi es a la Argentina. Hoy mismo Brasil no ha demostrado ser capaz de jugar un partido sin depender totalmente de lo que haga su estrella. Y no solamente eso, le dejan solo en todo.

Brasil ha dejado de ser el temido, ha perdido, no solamente el cúmulo de nombres que históricamente han repletado las convocatorias, sino el estilo.

Del ‘Pentacampeao’ nada queda y lo más triste es que, torneo tras torneo, la esperanza tarda nada en esfumarse. Hoy mismo, decir que el objetivo al jugar contra Brasil es pegarle a Neymar, tiene doble sentido: Bloquearle, como a la estrella de cada selección; pero también anular por completo al único que aporta algo de magia.

Aun recuerdo cuando, calvito y con algunos kilos menos, pasaba cual estrella fugaz, por los campos de juego en los sudamericanos juveniles… en el Santos. Cuando comenzó la historia, que por cierto, no es nueva, de querer borrarle del mapa porque comienza a hacer moñas, sombreritos y otros lujos en los partidos, ya se veía que iba a coger las riendas de la selección, y lo hizo.

Pero en el peor momento. A Neymar le ha tocado en suerte bailar con la más fea. 

Si bien en los primeros partidos del Mundial de 2014, el equipo no había convencido, él había sido el causante de cubrir la falta del ‘jogo bonito’ colectivo, con un ‘jogo práctico’ que llenaba bastante el ojo.

Tras su lesión, Brasil lo perdió todo. El llanto de la emoción al escuchar el himno les acabó de cegar y, vergüenza mediante por la derrota 1-7 ante Alemania, perdieron el partido por el tercer puesto ante Holanda.

El regreso de Dunga, de Neymar, y diez victorias consecutivas, hicieron volver, una vez más, a la esperanza de volver a jugar bonito. Pero ya en el primer partido de la Copa América quedó claro que Brasil es ‘Neymardependiente’.

La cosa es clara. Dunga no tiene un nueve. Juega con esa figura de ‘falso nueve’ que tanto mola a los españoles y que, por cierto, no recibe tantas críticas como Don Vicente (ejem…).

Retrasado, le pegan y no hay un solo futbolista brasileño capaz de culminar sus magistrales jugadas. Más adelantado, también le pegan y nadie es capaz de asistirlo como debería.

Lo peor de todo es que, cegado por esa situación de tener que coger las riendas y que las cosas no le salgan porque no hay juego colectivo, se pasa de rosca. Vuelve a ser el calvito de hace unos años que quiere llevarse el mundo por delante y se mete en problemas.

Hace un año, Colombia le quitó del Mundial. Esta semana, Colombia le quitó de la Copa América, porque ciertamente resulta difícil imaginar cómo hará Brasil para superar la fase de grupos, y potencialmente los cuartos de final, sin su magia… sin su ‘osadía y alegría’.

Lo peor de todo es que Neymar ha estado solo. Si con un 0-1 en el marcador, Messi o Luis Suárez quedaban en el mismo problema, tanto para crear juego como para intentar aislarle de los problemas, quizás sin lograrlo, pero sus compañeros iban a sacar la cara por él.0_00 ney tangana

Obviando que la sanción de dos partidos resulta escueta, porque vio roja directa por agresión a un rival, lo peor de todo es que hoy en día, Neymar le queda grande a Brasil.

Sin garra, sin ganas, sin ese instinto de demostrar siempre que son los mejores del mundo, ese luchador, de típico muchacho brasileño que solo piensa en que su selección llegue a la gloria, ese producto que ellos mismos generaron, les resulta demasiado grande y acaba solo y dando explicaciones, sin resultado.

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