Este iba a ser un artículo sobre el parón de liga, sobre quejas de clubes, sobre lesiones inesperadas, sobre virus FIFA… Un artículo, en resumen, sobre la necesidad o no de partidos amistosos entre selecciones en  mitad del campeonato. Ahora, sin embargo, las discusiones sobre si son necesarios o no quedan relegadas al rincón del sinsentido porque ahora, más que nunca, necesitamos que no nos quiten el fútbol.

Hace una semana un campo de fútbol se libró de una matanza para convertirse en el refugio de 80.000 personas que, durante dos horas,  fueron ajenas a la barbarie que sembraba el pánico en las calles de su ciudad. La explosión del chaleco que portaba un terrorista suicida en las afueras del estadio era confundida con un petardo y jaleada como si de tal cosa se tratase. Jugadores de la selección francesa como Lass Diarra y Griezmann eran víctimas de la tragedia, pero no lo sabían. Y siguieron jugando porque el partido no se suspendió. Fue lo mejor que pudo pasar.

Griezmann y Lass

A las pocas horas de los atentados terroristas que sacudieron París se anunciaba que el partido amistoso entre Inglaterra y Francia, que debía disputarse en el estadio de Wembley unos días después, había sido suspendido. Pero a la mañana siguiente, con medio mundo todavía en estado de aturdimiento, cambiaron de idea. Alguien decidió que ese partido, en aquel momento más que nunca, debía jugarse. Que había que plantarle cara al miedo. Al terror. Y que algo tan simple como un partido de fútbol era una buena forma de empezar a hacerlo.

aficionados Wembley

Y así, el fútbol, se convirtió en un símbolo.

Las noticias se sucedieron los días siguientes a la masacre de forma viral. Los medios de comunicación lanzaban un goteo incesante de información y cada ciudadano con acceso a internet se convertía en periodista, abogado, policía, asesor y, como poco,  experto en política, seguridad y conflictos internaciones. Hasta tal punto llegó la fiebre acusatoria que uno ya no sabía qué creer y costaba distinguir las informaciones veraces de los bulos sin fundamento. Y se empezó a hablar, otra vez, de suspender partidos. Será difícil que lleguemos a saber los motivos reales, los detalles de las operaciones o el alcance de las amenazas. Lo que es seguro es que ni los partidos que enfrentaban a Bélgica y España en Bruselas ni a Alemania y Holanda en Hannover llegarían a disputarse. Se alegaron motivos de seguridad, riesgo de atentado y alerta terrorista.

España

Estas suspensiones se entendieron y acataron, claro, pero a la vez dejaban un poco la sensación de que el miedo ganaba y que iba a ser imposible volver a esa normalidad que nos querían vender. Así, con cierto sabor amargo y con un punto de decepción acogimos la noticia. Y entonces, irremediablemente, todas las miradas se dirigieron a Londres.

Y allí, en otra ciudad amenazada y víctima también en otras ocasiones de la sinrazón terrorista, entre férreas medidas de seguridad, se disputó el partido que debía jugarse.

Wembley

Fue un partido de fútbol, pero no fue solo un partido de fútbol. Fue un homenaje a las víctimas de París. Y a todas las víctimas. Fue un acto de solidaridad, pero también de orgullo. La marsellesa cantada, o simplemente tarareada, por ochenta mil personas. Un minuto de silencio inquebrantable, solemne, roto solo por el sonido de los helicópteros que intentaban salvaguardar la seguridad. Las lágrimas furtivas de algunos espectadores o las apenas contenidas por jugadores como Griezmann. El fútbol como símbolo de orgullo y hermandad, como forma de levantarte cuando has caído.

Mañana se disputa un partido de alto riesgo en el Santiago Bernabéu. Ese “partido del siglo” del que muchos aficionados se hartan antes incluso de que se dispute. Pero mañana, probablemente, sí querrán oír hablar de él. Porque mañana, hoy, más que nunca, no queremos que nos quiten el fútbol.

Inglaterra-Francia

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