Fútbol. Ese deporte que nos alegra la existencia, que supedita nuestros planes de fin de semana, que nos hace desplegar dotes de informáticos para ver un partido un martes a las cuatro de la tarde, que nos incita a aborrecer los andamios que obstaculizan la señal de nuestra antena impidiéndonos ver el partido de nuestro equipo… o cualquier partido que toque. Fútbol. Fábrica de héroes y villanos, de jugadas para el recuerdo, de minutos para el olvido, de risas, euforia, ira y llanto. Fútbol. Ese deporte que admiramos, amamos y vivimos. Pero, como diría un entrenador caído en desgracia en las últimas semanas… ¿por qué? ¿Por qué el fútbol?

No sé qué me ha llevado a plantearme esto ahora; tal vez los escándalos que salpican a las altas esferas de este deporte, las actitudes de algunos futbolistas considerados ídolos y aclamados en medio mundo o quizá haya sido la entrada en escena de un campeonato que ha atraído mi atención estos días: el Mundial de Rugby (Rugby World Cup).

Blatter

Seamos sinceros: no tengo ni idea de rugby. No me sé todas las reglas, ni las jugadas, ni siquiera equipos famosos aparte de los All Blacks y el resto de selecciones que han disputado este Mundial, pero han conseguido despertar mi interés, engancharme y animarme a aprender. A mí, una auténtica troglodita enferma del fútbol. Y no ha sido por el hecho de ver a esos tíos enormes chocar sin pudor, ni por la locura y el fervor que ha despertado este campeonato no sólo en aficionados sino en países enteros, ni siquiera ha sido por la haka (y ese sería un buen motivo); la razón por la que me he fijado en el rugby ha sido, han sido, sus valores.

rugby

 Nobleza. Honor. Respeto. Para empezar al árbitro se le llama “señor” (Sir) y sólo el capitán tiene permitido dirigirse a él. Si cualquier otro jugador protesta o se dirige al árbitro (sin que este se lo pida) habrá sanción. De hecho no suele pasar, está prohibido y punto. Las decisiones del árbitro se acatan sin rechistar. Si el árbitro tiene dudas en alguna jugada consulta con sus asistentes en el campo y, en caso necesario, con otro árbitro que analiza las jugadas a través de una pantalla de televisión. Y, tras las consultas pertinentes y tras ver todos (jugadores y aficionados incluidos)  las imágenes, el árbitro decide y pita. Y, ¡oh, sorpresa!, nadie le insulta, ni le grita, ni se queja, ni le lleva la contraria. Se asume y se sigue jugando. En el rugby es impensable que un equipo pierda tiempo, que un jugador finja una patada, codazo o puñetazo. En el rugby no tratan de engañar al árbitro, no se cagan en la concha de su hermana, ni de su madre, ni de su abuela; no se tiran al suelo con las manos en la cara como si les hubiesen matado cada vez que notan al contrario pasar. En el rugby no hay teatro, se juega al rugby. No se gana a cualquier precio (la mano de Dios sería una vergüenza y no una canción) y si se pierde, se hace con honor.

Cristiano Ronaldo suelo

No me he vuelto loca de repente, ni voy a desfilar por la Castellana con pancartas de “rugby sí, fútbol no”; pero creo que este deporte que estamos condenados a amar irracionalmente enamoraría a muchos más si en vez de mirarse tanto el ombligo levantase un poco la vista. Hay valores que estamos a tiempo de adoptar…  o de recuperar. Aún así, con sus defectos y todo, seguiremos viendo fútbol de lunes a domingo (y tirando andamios abajo si es necesario), pero… ¿por qué?. ¿Por qué el fútbol?. Quién sabe, quizás porque, como diría Antoine de Saint-Exupéry, “lo esencial es invisible a los ojos”.

Elprincipito

Sobre El Autor

Mónica De la Sierra

"Las cosas no se imaginan. Suceden" Cholo Simeone.

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