Mis mejores recuerdos de la infancia y la niñez desde que tengo uso de razón están relacionados con una pelota.
Todas aquellas veces que bajé a la calle donde daba igual el número de integrantes por equipo, porque el campo se iba alargando según éramos más y más.
La única premisa era que había  ser pares y si llegabas tarde, tenías que esperar pacientemente para que llegase rápido un vecino e ir uno para cada lado. Las porterías eran desde la alcantarilla a la rueda de un coche y de bordillo a bordillo. No existían los petos ni los distintivos, pero tenías que cuidarte de pasársela a los tuyos si no querías que los mayores te comiesen. Tampoco había edades determinadas y nos juntábamos de hasta siete años de diferencia por lo que los más pequeños teníamos que espabilar y aprender rápido artimañas y trucos para escapar de la fuerza de los que casi nos doblaban en físico…nunca hubo árbitro pero sin embargo tampoco recuerdo ningún lío gordo salvo que fuese contra la calle de arriba y se estuviese jugando algo más que un partido. Estos se acababan cuando la pelota se hacía invisible porque no había luz o cuando el más mayor gritaba aquello de “quien meta gana” importando poco todo lo que hubiera pasado en las tres horas anteriores. Otras veces, durante el oscuro invierno, Moncho “el farolero” tenía  la decencia de venir encendiendo las lámparas con una especie de bastón en vez de quedarse en la Taberna de Mero tomando claretes. Sólo las madres desde las ventanas con sus gritos para ir a cenar podían pitar el final con más autoridad que cualquier trencilla, que como digo, nunca tuvimos.
En el Colegio de los Salesianos, en un campo de cemento que me parecía inmenso, y que con el paso de los años desde los ojos de adulto supe que  tenía unas dimensiones ridículas, el recreo era el arte del dribbling y la superación durante media hora…daba igual cuántos fuésemos otra vez. Creo que en aquel espacio llegamos a jugar mínimo veintidós contra veintidós . Porque partidos de A contra B… eran un clásico.
El mediodía era el momento del virtuosismo. La parte de abajo de unas canastas de baloncesto hacían por su acabado unas porterías perfectas de apenas metro y medio de ancho. Desde que salían “los mediopensionistas” teníamos hora y media para jugar como mucho 3:3. El mejor momento del día que se acababa con el ruido estruendoso de una sirena que siempre supuse parecida a la que suena en cualquier país en guerra.
Allí en el colegio, tuvimos la suerte de conocer desde bien pequeñitos el fútbol-sala de la mano de dos personajes míticos: primero con el padre José Luis Rodríguez y algo más tarde con el profesor de gimnasia Tino Castro Ruso. Con el tiempo, nunca el agradecimiento y el reconocimiento hacia ambos sería suficiente.
En el verano no se podía ir a la playa sin un balón. Cuando estaba la marea baja en Bastiagueiro y tenías la fortuna de que algún padre te llevase en coche y la marea estaba baja, era una sensación parecida a la de jugar en un gran estadio; pero si tocaba San Amaro, nuestra playa, los controles en esa arena seca eran infernales, aunque daba igual y todo valía para seguir disfrutando.
Si estabas sólo y tenías una pelota, te apañabas horas y horas en su compañía: jugar contra el portal de un garaje. Contra una pared. Haciendo puntería con la pata de un banco o meter la pelota en una papelera. Darle toques y toques para que no cayese…Cualquier motivo era bueno para realizar todas las acciones posibles e imaginarias de Leivinha, Solsona, Guerini, Marcial, Arrúa o Del  Bosque, sólo escuchadas en la voz de Vicente Marco y su equipo de “El Carrusel Deportivo” o vistas esporádicamente en una tele en blanco y negro.
Aún  recuerdo aquel balón Adidas Telstar del Mundial 74 que le trajeron a un compañero sus padres de Valencia y los cromos con fotos de cuatro en cuatro que venían en las Fantas y Coca-Cola de cristal de litro durante aquel verano. Un lujo para aquellos tiempos de Casera y Revoltosa de sabores.
La revolución posterior nos llegó con la copia del Tango de Argentina 78 en caucho que botaba hasta la luna cada vez que se dilataba con el calor. Pocos meses antes, nos dejaron entrar tarde por ver el final del Yugoslavia-España y el gol de Rubén Cano.
Hoy  me acaba de toca dirigir una generación nacida en los años 97- 98 y sigo intentando transmitirles toda la emoción que me supuso a mí jugar aquellos centenares de partidos. Sigo llamándole “pelota” tantas veces como “balón” porque el término me  parece más cercano y cariñoso. Les digo que calienten sin petos ni distinciones, todos iguales, para que levanten la cabeza y se fijen unos en otros. No les suelo explicar las cosas en las charlas previas con terminología demasiado complicada aunque admiro a todos los que han venido estudiando la periodización táctica, la inteligencia asertiva, la cohesión grupal etc…pero no creo que esto a chicos de 17 años les resulte imprescindible saberlo.
Intento contarles mi experiencia, cuando escogíamos a oro y plata a nuestros compañeros: siempre elegíamos primero a los más talentosos y a los de más calidad porque los más intensos quedaban para el final.
Por todo ello, sigo creyendo en el fútbol puro sin más aditivos en los periodos de formación y base . En la diversión intrínseca al propio juego. En seguir abrazando al compañero o al menos darle una palmada cada vez que se consiga un gol en partidos como los nuestros que podían acabar 17-15. Nunca en mi memoria está nada relacionado con la faceta defensiva: queríamos tener la pelota y marcar un gol, sólo por volver a cogerla y marcar otro y eso es lo que me gusta ver en los míos. El resultado daba igual e intento que para ellos no sea una losa. Creo en la esencia de los campos de tierra. Confío en el talento de los chicos para hacer cosas, aunque sea portero e intente tirar un caño. ¿Por qué no?
Por favor: todos los que educáis y formáis niños, recordad si es que alguna vez jugasteis al fútbol de pequeños sólo por diversión, aquel sentimiento y lo que os producía: esto es lo más importante que podréis transmitir: Llegar a emocionar a vuestros chicos a través de un balón.
Si no es así, estáis en el lugar equivocado aunque dominéis todos los principios ofensivos y defensivos.
Desde que nacemos, lo primero que aprendemos es a jugar. ¡¡Qué suerte si encima es al fútbol y en esas condiciones!!

LUIS SANTIAGO
Seleccionador Gallego Sub-18.
@LuisMenotti78

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